miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ejercicios espirituales laicos Spínola

Todos necesitamos más amor del que merecemos

Zaragoza, Madrid, Linares, Málaga, Sanlúcar, Sevilla… todos en camino, dispuestos a una misma cosa: apartarse de los supuestos, bajarnos de aquello que nos dificulta el Encuentro, ponernos a tiro de las cosas del Padre. Con estos anhelos llegábamos a Málaga este grupo de “pobres” que busca a su Señor, así nos definía David: “esto de los ejercicios no es más que un pobre que enseña a otros pobres
dónde buscar Alimento”.

Desde el primer día, empezando a despertar a una nueva sensibilidad, íbamos entrando en esa lógica extraña de Dios: ese afán por querer irrumpir, estar en nuestras vidas, comer en nuestra casa. Claro está que a más de uno se nos tambaleó “el piso”. Es difícil asumir la gratuidad, el “porque sí”, el hecho de que el Padre (que nos conoce y sabe qué necesitamos, como obra suya que somos) comprende nuestra entraña y sabe que “necesitamos más amor del que merecemos”. Nuestro orgullo, ante las maneras de este Dios, se quedaba con cara de paisaje, porque ¿para qué engañarnos? ¡¡Nos encanta merecer cosas!! . ¿Quizás va de esto lo del principio y fundamento? Ese Amor que no merecemos se nos iba revelando, poco a poco, como roca y centro, como raíz y sentido, a lo largo de este primer día.
 
Por Justicia y por derecho, en el segundo día y ante tanta misericordia, de nuestras manos nacía una pregunta: -¿qué puedo hacer yo por ti?- Y en el fondo de nuestro corazón descansaban todos los crucificados, reclamándonos que dejemos de negar, de una vez y para siempre, el proyecto que Dios sueña en nosotros, que dejemos de ponerles trabas con nuestra bendita y cómoda indiferencia, que empecemos por asumir al otro, al prójimo más cercano, y sentir sus cosas como propias.

Parece que Dios iba desdibujando, descentrando, nuestra realidad tan fragmentada y tan centrada en “los chiringuitos que nos vamos montando” y que nos hacen vivir a merced de nosotros mismos: desde, para y por mí/ yo, mí, me, conmigo. Y sí, empezamos a sentir un poco de “Hambre”, a fin de cuentas es el “hambre” lo que hace volver a casa del Padre, con el abrazo que nos revela lo que en el fondo somos: criaturas que necesitan el amor de su creador. Y aquí es donde nos tocaba alabar y agradecer, y para ello hemos tenido el espacio privilegiado de la Eucaristía, donde todo lo que cada uno iba viviendo se hacía Palabra y vivencia compartida. Gracias familia: ¡ha sido todo un lujo!
 
Como respuesta para dar cauce a tanta misericordia, terminábamos diciendo, con alegría y humildad, al compás de Pedro:
Señor, aquí estoy, tú sabes que te quiero,
Señor, aquí estoy, tú sabes que te quiero,
Señor, aquí estoy, tú sabes que te quiero,”

Desde esa fragilidad que, sabemos y sabes, nos hará caer de nuevo, pero atravesada por tu esperanza y tu ternura sin reproches.

Gracias a todo el que ha hecho posible esta experiencia, un abrazo y nos vemos en un “ pallá y un pacá” de oraciones.

Carmen Ro, Laica Spínola.

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